Textos

Retrato de un paisaje

Gabriela Muzzio – 2020

muestra galería Subsuelo

Hay dos géneros clásicos y tan antiguos como el deseo mismo de representarlos. Inagotables en el flujo del tiempo, suscitan la necesidad constante de volver una y otra vez sobre ellos.
Matías transita por ambos sin ser un mero espectador de los acontecimientos. Recurre a ellos para producir una serie de imágenes necesarias que den cuenta, desde una visión crítica, poética y amorosa, de la metamorfosis y el destino de un territorio.
Ese espacio habitado por la resistencia de quienes comparten los ciclos de la naturaleza, las estaciones, no como destino final sino como un constante punto de partida, es su casa.
Llanura y pampa son sinónimos de un infinito lejano, de una historia con dos caras: una despojada de pretensiones, austera y tan sencilla como esa línea que divide el cielo de la tierra, la otra no comprende a la primera.
Matías es como un payador invisible y metódico que dedica tiempo a la transformación acaso inexorable de la tierra, con el anhelo tanto de ser testigo como de poder nombrarla.


La imagen como duelo

Mónica Fessel – 2020

texto muestra RR

El ruido metálico marca el pulso del remate y del video. Y ante estas imágenes es inevitable preguntarse: ¿Por qué se vende todo? ¿Se vende todo? No, la tierra no. Acá, el lote no es la tierra. Es una regia zorra, discos de corte, una hermosa mesa de luz, cinco gallinas y un gallo con jaula y todo. Pero es mucho más que eso. Y es tanto que, a Matías Sarlo, la fotografía no le alcanza para expresar, para decir, para mostrar.
¿Cuánto vale? ¡Hay que venderla! ¿Cuánto vale para abrir? ¿Vale algo? ¿No vale nada? Preguntas que lastiman. Es el inicio del baile. ¿Nadie más? ¡Y vendí!
El martillero danza a su propio ritmo y parece disfrutarlo. Es el único que baila. Es urgente vender, es urgente desalojar.
A través del video, Matías nos involucra en el frenesí del rematador. Del otro lado, y como un espejo infinito, sus imágenes fotográficas nos abisman en la profundidad de la tristeza y la desolación de los lugareños.
El remate rural es un ritual de duelo y despedida al que se asiste para poder irse. Un duelo es transitar el dolor de una pérdida. Pero también es un enfrentamiento.
Matías Sarlo recorre la ruralidad con insistencia, la habita y la interroga. Pero sus preguntas afloran en sus bellas imágenes como astillas punzantes. Nos interpelan y nos involucran. Esta obra nos propone transitar esos dos duelos.


Una belleza rural

Pablo Makovsky – 2016

pifiada.blogspot.com

Una belleza rural. Eso pienso cuando veo la foto. La muchacha posa para la cámara con una tolerita a lunares y unas calzas. Tiene los hombros caídos y los brazos le cuelgan a los costados. Los ojos oscuros nos señalan algo que no dejamos de buscar. Algo acaso melancólico, porque toda belleza agita el fantasma de una pérdida que nos vuelve melancólicos. Y esta es una belleza rural. Una cinta que no terminamos de leer («Pueblo de Car…») le cruza el cuerpo, más bien le cuelga del cuerpo que adivinamos esbelto, pero también suspendido en esa observación que capta la cámara mientras nuestra belleza rural nos mira desde la oscuridad de sus ojos y yace en la pose como recostada en la cinta que no llegamos a leer.
La foto está en la página 23 de “Llanura”, uno de los hermosos libritos de fotografías de Matías Sarlo, que él mismo publica en Lucio V. Ediciones.
Llanura es un conjunto de fotografías rurales, tomadas a menos de cien kilómetros de Rosario, donde Sarlo se formó y trabajó como reportero gráfico hasta hace un par de años en algunos de los medios más notorios de la ciudad. Hasta que, como en una declaración de los años 70, se fue a vivir al campo.
“Quería explorar el mundo rural –me escribe Matías–, que es donde nací. Busco ir más allá de la imagen estereotipada del molino, la tranquera y el gaucho, de alguna manera «deconstruir» el paisaje y llegar a las personas, descubrir la identidad rural si es que hay una.
La primera foto de Llanura es la de una banda que presumimos de cumbia en un escenario pegado a un tinglado. Allá en el horizonte vemos al cantante al frente de la banda, secundado por un tecladista, un acordeonista y un percusionista sobre una batería sin bombo. Encima hay un cartel que reza “Bienvenidos” y adelante una pista vacía. Una banda muda en una escena sorda, sin público. Lo mismo que las fotos del libro, que hacen como un gesto a una intemperie en la que se sume también el lector-espectador.
Dice Matías Sarlo que cuando se fue al campo, a Lucio V. López (a menos de 50 kilómetros de Rosario por la ruta 34) y fundó su editorial quería “hacer llegar esas imágenes a los habitantes rurales, ver qué ida y vuelta se produce, qué genera, si se reconocen, si se sienten interpelados. Para eso el libro es el soporte ideal.”
Pero ese ida y vuelta no es tan sencillo para el tipo de fotografías que intenta Sarlo. Cuando la gente de ese mundo rural fotografiado se ve en los libritos “algunos no dicen nada –cuenta el fotógrafo–, eso quiere decir mucho. Otros se decepcionan porque esperan ver puestas de sol, jineteadas, fotos más claras, que no los perturben quizá. A una señora le molestaba que en el primer librito no se ven miradas y que la única que se ve es la de un nene con cara de asustado. Otros que me han dicho que se encuentran en el libro, que «le despierta pensamientos que tenía dormidos» me dijo un peón de 35 años que está aprendiendo a leer y escribir y que quiere ser poeta.”
El “primer librito” que menciona es Nuestros pasos que, entre otros, está dedicado al difunto Facundo Cabral –quien no siendo “de aquí ni de allá” murió asesinado en Guatemala el 9 de julio de 2011– y comienza con una cita del escritor uruguayo Juan José Morosoli –un secreto bien guardado entre los escritores orientales.
El nene “con cara de asustado”, es en la foto un bulto blanco envuelto en un poncho que avanza en lo que podría ser una procesión, o un acto patrio, o lo que sea que convoca por un camino de tierra a un grupo de personas de los que solo vemos su ropa oscura y sus pies que avanzan por la tierra apisonada y salpicada de pasto.
“Yo trato de no trabajar con imágenes únicas, no me interesa crear «la» imagen del campo, quiero producir un cuerpo de imágenes, que funcionen como un recorrido psicológico del mundo rural”, me escribe Matías.
Y sus libros son eso: una propuesta estética antes que una serie de retratos, una serie de pistas antes que la acabada toma de un paisaje.
“Antes –me responde Matías cuando le pregunto por qué se fue a vivir al campo– la gente migraba por cuestiones laborales-económicas, como lo hice yo cuando me fui del pueblo donde nací (Rafael Obligado, Buenos Aires) y crecí a Rosario en el año 2000. Hoy veo una migración inversa de muchas familias, de Rosario al campo, por una decisión más filosófica. Quizá como una pequeña resistencia al capitalismo”.